Un artículo de nuestro amigo Miguel de Cervera, que próximamente publicará una novela basada en hechos reales sobre el Santander del Machichaco: Los cuatro naufragios del Capitán. Un relato del que nos hacemos eco aquí por la importancia que tiene en el mismo el papel de la mujer en el Santander del siglo XIX y principios del XX. Un escenario de hace ciento y pico años, cuando se clausuraba el romántico siglo XIX y empezaba la Cantabria moderna que hemos conocido. Pero hay muchos bulos sobre la época y en concreto, lo que nos interesa aquí, en el terreno de la igualdad entre mujeres y hombres en Cantabria en esos años.

 

Esta novela que pronto se editará procede de mi interés en el Santander del Machichaco, gracias a la inspiración de un profesor de la oposicion de Bomberos de Santander, Manuel. Un profesor también que ayuda en la preparación del callejero de Santander en la academia Códice y a quien después de visitarle, en el espléndido museo de Bomberos de Santander sito en Ojaiz, obtuve el impulso de bucear en la prensa de esta época tan bonita como olvidada.

 

El Santander que no nos contaron nuestros abuelos y la historia de la mujer cántabra contemporánea

 

Todos los que tenemos abuelos santanderinos, sobre todo de una época concreta, hemos oído hablar de la Catástrofe del Machichaco. Un poquito de luz sobre esa olvidada época en que Cuba era todavía parte del Estado Español, pero tal vez no son tantas cosas las que nos han contado al final. Porque es una época que queda ya muy lejana y siempre hay temas tabúes, que hasta mi dicharachero abuelo nunca me contó, y de lo cual hablaremos enseguida: esa cara oscura de la ciudad, máxime con un puerto tan activo, que estaba expuesto a toda clase de viajeros y oportunidades, pero también de vicios.

Un tiempo en que la explotación de la mujer en Cantabria en todos los aspectos no era apenas tenida en cuenta, ni tan siquiera en el durísimo tema de la prostitución, fomentada por la menos dura vida marina de entonces. Y es que hablar de igualdad de género en Cantabria en esta época, en cualquier rincón del mundo, era una utopía que ni siquiera estaba en la imaginación del soñador más avanzado. No en los términos actuales de lo que entendemos hoy por igualdad entre mujeres y hombres.

 

Sin embargo, mi sorpresa ha sido grande al ver que sí existían ciertas instituciones que velaban por la protección de la mujer en Cantabria y en todo el país, igual que hoy, en una combinación de iniciativas públicas y populares. Entre las primeras, las instituciones públicas, estaban los servicios sociales del Ayuntamiento de Santander en atención a las mujeres que ejercían la prostitución, por ejemplo, como el Servicio de Higiene Pública Municipal, pero no me consta que hubiera ningún tipo de asistencia pública en otros casos. Y si una mujer se veía maltratada de obra, como se decía entonces, o incluso era arrojada a la calle por su esposo o entorno familiar, el Estado no contemplaba nada al respecto. Entre otras cosas porque había otra Institución que ya se encargaba de tantos temas sociales: la Iglesia.

 

Escasa protección del Estado a la mujer en Cantabria en los años del Machichaco

 

En estos casos, por lo que he visto, toda asistencia a la mujer en situación de vulnerabilidad en Santander se circunscribía a la protección que podía otorgar la Iglesia Católica. Inclusive una poco conocida figura de divorcio de facto, la separación de almas y cuerpos, que se contemplaba para esos casos en que los matrimonios no tuvieran convivencia posible. Y no sólo por el tema del maltrato machista o el abuso del alcohol, sino que yo conozco un caso en que la esposa se cansó del marido por sus escasas ganas de trabajar y buscarse la vida, mientras que ella tenía que ocuparse de todo. Pero claro que existía un implantado machismo en la sociedad que por supuesto se manifestaba, también, en numerosos casos de maltrato de mujeres en Cantabria en esta época, no tan lejana al final.

En estos graves casos, se ocupaban más que nada las parroquias y el Obispado de Santander que, ante la magnitud del problema, hace 200 años sacó adelante una curiosa Casa de Recogidas para mujeres de Santander. Para acoger a todas esas mujeres que se encontraban en una especial situación de marginalidad, abuso o hasta peligro. Un convento bajo la advocación de una santa que yo no conocía, pero que a muchos santanderinos nos suena por su nombre: María Egipciaca, una santa que fue prostituta en el Egipto del lmperio Romano y que a día de hoy tiene su eco en el estudio del callejero de Santander.

 

La Casa de Recogidas de Santa María Egipciaca

 

Esta Casa de Recogidas de Santa María Egipciaca funcionó por unos años, fundada por un original y activo obispo asturiano que hubo en nuestra ciudad y que también se encuentra recogido en el callejero de Santander: el Obispo Menéndez Luarca, que se levantó en la ciudad contra los franceses e impulsó la creación del entonces moderno Hospital de San Rafael, que hoy ocupa la Asamblea de Cantabria. Su calle se encuentra cerca de Cuatro Caminos y Valdecilla, pero el convento que dedicó a esta protección social de la mujer de Santander se encontraba justo encima del Pasaje de Peña. En el mismo lugar donde ahora se ha construido un acceso elevado para salvar el desnivel y comunicar mejor los Juzgados de la Calle Alta.

De hecho, aún hoy se pueden ver los muros del antiguo convento, que más tarde sería cárcel, y que han sido testigos de muchísimo sufrimiento en especial de mujeres en situación de desprotección en Santander en el siglo XIX y principios del XX. Pero el objetivo del obispo asturiano no era otro que protegerlas y darles cobijo, trabajo en una época de necesidad, de tal manera que el lema de esta Casa de Recogidas era: pan para la que trabaja y a la que no trabaja, paja. Y aunque pueda parecernos lo contrario, os aseguro que era un proyecto social muy novedoso para la época, pero que no sobrevivió mucho tiempo a su creador. Pero de esto hablaremos en nuestro próximo artículo: Historia de la Policía Local de Santander y su relación con la explotación sexual de la mujer en Cantabria.

 

La mujer trabajadora de Santander según el poeta cubano José Martí

 

Con razón decía José Martí sobre las mujeres de Santander que eran tan lindas como robustas, siempre ocupadas y a menudo con un cántaro sobre su cabeza. Este poeta y político cubano, de origen español pero enemigo de lo que él consideraba una ocupación, conoció Santander como deportado por las autoridades españolas de entonces. Como castigo por sus actividades en contra de España en Cuba, por entonces provincia de nuestro país. Y describió de forma muy hermosa a las mujeres locales, que conoció en sus exilios entre nosotros:

De Santander son las bandadas de mujeres trabajadoras que, con el agua a la rodilla, cargan o descargan de los buques haces de bacalao que manejan diestramente. Las hermosas aguadoras, que, sin más sostén que su linda cabeza, mantienen en alto el grueso cántaro, caminito de la fuente.

La Alameda melancólica, cuyos árboles pujantes se alzan y juntan con majestuosa bóveda, cual si con ellos hubiese querido hacer naturaleza excelso templo. Y el bullicioso Sardinero, lindo pueblo de baños, con sus alegres damas veraniegas, que parecen sueños o magas marinas, vestidas no de trajes ligeros, sino de las espumas de la mar.

Y habla también de una especie de “caza al soldado”, de estas magníficas mujeres, pero que por la idiosincrasia de la época estaban determinadas para buscar la protección de un hombre. A casarse y formar una familia, era el planteamiento casi monolítico de la época, que también se extendía a los hombres, aunque en menor medida. De hecho, el poeta y político cubano José Martí hablaba de ejércitos de mozas, mujeres solteras que se arremolinaban en torno a los vapores correo de Santander para intentar pillar a los soldados españoles que venían de su país:

Hay al norte de España un pueblo de gente recia[1], decía él, como norteña y laboriosa, que por una parte extiende al borde de la mar un amplio muelle y elegantes casas. Y por la otra encarama sobre picos y cerros una poblacioncilla de pescadores que con sus casuchas, retorcidas calles y ásperos pedregales da al rico puerto aire de ruin villorrio: es Santander. En Santander, que vive de las harinas que embarca a Cuba, forzada a recibirlas, y de los azúcares que de Cuba le llegan, vense en los meses de invierno, a la llegada de los vapores correos que vuelven de La Habana rebosantes de soldados.

Ejércitos de mozas, que como muchedumbre de moscas de colores revolotean en botecillos negros en torno de los buques colosales, más que de curiosidad, movidas del deseo de llevarse de huéspedes a sus casuchas, a los buenos soldados, que como van de cumplir sus años de servicio, llevan en su caja de latón la licencia absoluta, y en sus bolsas de listado una que otra dobla de oro que luce como maravilla y gala fantástica a los ojos negros de las robustas santanderinas.

 

Es difícil ponernos en el contexto de esos muelles de entonces, tan activos y folclóricos que atrajeron la atención de los mejores escritores españoles de la época: Pereda, Pick, Galdós, José Martí y tantos otros, que se fijaron en el bello costumbrismo de estos pescadores y marinos y de esas mujeres montañesas, hermosas y tristes. Era una España muy distinta a la actual, entre otras cosas por su intensa relación comercial y social con América, con la que nos unían incluso vínculos políticos. Y para los emigrantes de entonces, que iban de aquí hacia allá, irse al continente hermano o a Filipinas no era tan distinto a emigrar a Santander desde Zamora. Estábamos todos en el mismo Estado y bajo unas mismas reglas de juego en las cuales, por la mentalidad de la época, todo esfuerzo encaminado a la igualdad de género en Cantabria y todo el país se encontraba en sus más tímidos comienzos.

¿Podían trabajar fuera de casa las mujeres de Cantabria en la época del Machichaco? ¡Debían hacerlo! ¿Podían trabajar en cualquier cosa que se propusieran, como hoy en día, con mayor o menor horizonte temporal? Desde luego que no. Es muy difícil ponernos en la situación de la época en todos los aspectos, siendo tan diferente a lo que hoy conocemos. ¿Os imagináis preparar las oposiciones a Guardia Civil en Santander y ser destinado a Manila, por ejemplo, en Filipinas? O a La Habana o Santiago de Cuba, o a cualquier lugar distante que en aquellos momentos formaban parte de nuestro Estado. Un tiempo en que las mujeres estaban imposibilitadas de seguir ninguna carrera militar, policial, política o incluso académica, pero me gustaría aquí poner en entredicho algunos mantras sobre las mujeres españolas del siglo XIX y principios del XX. No todo eran puertas cerradas.

[1] Carta escrita por Martí en Nueva York, en 1881, con destino a la Opinión Nacional.