El tema tabú de la prostitución en Santander

 

Seguimos tratando un tema olvidado, pero muy aleccionador, cuando la Historia es importante para entendernos a nosotros mismos. Sobre todo, cuando estamos hablando del Santander del Machichaco, un tiempo mucho más reciente de lo que a veces podemos pensar. De hecho, el protagonista del libro que nos sirve de referencia, Los cuatro naufragios del Capitán, Teodosio Ruiz González, era el hermano de mi tatarabuela: sólo 6 generaciones nos separan de estas situaciones que estamos comentando aquí, lo cual es bastante tiempo, pero a la vez no tanto si consideramos que su modo de vida ya era muy parecido al nuestro. Había trenes, trasatlánticos, periódicos de gran tirada… Y Santander es un sitio ideal para estudiar una época en la que fuimos protagonistas, por nuestra importancia de entonces. Lo malo es que al ser una ciudad portuaria, que además multiplicó por 8 su población en el siglo XIX, era de esperar un auge del hampa de Santander y todo lo que conlleva. Inclusive el aumento de la peor explotación posible, que es la trata de blancas, un invento cruel que no es de los tiempos modernos.

 

El término tiene su origen en el Caribe de los piratas, hace casi 500 años. La trata de blancas empezó a llamarse así en América, cuando el rey de Francia envió 50 mujeres “de la calle” al Caribe, para que los bucaneros de ese país pudieran casarse con mujeres de su misma raza, pues tal era su exigencia a su Jefe del Estado. Mujeres que en su Francia de origen habían ejercido la prostitución, pero sus nuevos maridos prometieron olvidarlo, aunque jurando venganza si les traicionaban. Eran tiempos duros que no han pasado del todo, por desgracia, para algunos hombres y algunas mujeres. Y la prostitución en el Santander del siglo XIX era un negocio floreciente que requería, como pasa hoy en día, de “mano de obra” migrante que en su mayoría procedía de España. De zonas más pobres, sobre todo, del Norte de España, de donde venían en busca de trabajo, siendo las mujeres captadas en Santander por los proxenetas de toda la vida. Y es que la necesidad y la prostitución son conceptos que están muy ligados, tal y como me explicaba hace poco una amiga inmigrante:

Llega un momento en que te vas tan agobiada, por la necesidad de dinero y el no poder trabajar, por los papeles, que te lo piensas.

 

 

La prostitución en la zona de la Calle San Pedro

 

Varios amigos míos de una época algo posterior a la que estamos describiendo aquí, que conocieron el Santander desde la época de Postguerra hasta la actualidad, ya me contaron en su día cómo funcionaban las cosas en ese mundillo de la Calle San Pedro y sus aledaños, donde se mezclaba la prostitución con el alterne habitual del consumo de alcohol. Para entonces, conforme pasaron los años, las condiciones de vida de las mujeres que ejercían la prostitución en Santander fueron mejorando, poco a poco, y ya no estuvieron tan sometidas a un proxenetismo tan brutal y en general tenían más medios sanitarios y de prevención y era otra época. Pero el mundo del hampa es como la energía, que no se crea ni se destruye, sino que sólo se transforma. Y la irrupción del SIDA en los años 80, por otro lado, se llevó por delante a muchas personas involucradas en estos ambientes.

 

Y violencia machista seguía habiendo en Santander, relacionada con este ambiente de la trata y la prostitución, hasta bien entrados los 80. Así se demostró con el caso del proxeneta apodado Pin Pin, que cometió un asesinato machista en Santander que conmovió a la sociedad de entonces. Un personaje de esos turbios bajos fondos que no pudo contener sus celos y disparó a su amor platónico, en este barrio del centro santanderino, aunque la bala impactó en otra mujer que se interpuso para salvar a esta chica y que murió. Pues bien. También quedó de manifiesto en este cruel episodio que algunos elementos corruptos de la Policía de entonces se pusieron en movimiento para salvar a este caudillo del hampa, sin duda por los muchos favores que le debían.

 

 

El amor y la trata en tiempos de la sífilis en Santander

 

Uno de los mayores flagelos de las mujeres en situación de trata de blancas en Santander y todo el país, en esa época y hoy en día, es el problema de las enfermedades de transmisión sexual. Otro tema del que apenas se hablaba por entonces, de nuevo por el pudor de ese tiempo, pero que estaba presente en las páginas de los periódicos por detalles tan curiosos y reales como los constantes anuncios de médicos expertos en enfermedades venéreas. Un problema de sanidad pública que tenía por protagonista a una enfermedad infecciosa tan actual como la sífilis, pero que por entonces no tenía tratamiento alguno y exponía a sus pacientes a una agonía lenta. Como ocurre con el SIDA todavía hoy. Una realidad cotidiana para nuestros tatarabuelos y bisabuelos que se cuenta en Los cuatro naufragios del Capitán, el cual saldrá pronto a las librerías, en el cual se explican éstos y otros males que afligían a esas generaciones y que se cebaban con el sexo femenino.

 

La sífilis no tenía piedad y era (es) fácilmente transmisible por el sexo no protegido. Un mal tremendo que atacaba para empezar a sus más probables y recurrentes candidatas y candidatos, las víctimas de trata que estaban en contacto sexual constante con todo tipo de personas, mujeres y hombres cuyos cuerpos se exponían a estos graves problemas. Y es que la prostitución ha sido siempre un origen fundamental de tantas enfermedades de transmisión sexual por todo el mundo. Un problema que sigue existiendo en gran medida en forma de trata de blancas en Cantabria y toda España.

 

Poco sabe hoy en día la gente sobre este gravísimo problema de salud, cuyo origen es misterioso y, de hecho, muchos han sido los intentos de pasarse la pelota de la culpa entre unos y otros países. Se dice que nosotros la trajimos de América, por lo que los españoles fuimos de los primeros en ser culpados de la difusión mundial de la sífilis, pero también se la ha conocido como el mal napolitano. El caso es que hacía estragos, como el SIDA de la época moderna que era, frente al cual no había protección ni medicación existente, y así era que actuaba impunemente y con especial recurrencia en determinados gremios como los marinos, que eran los grandes viajeros y transportistas de la época. Ellos diseminaban, sin querer, este tipo de enfermedades contagiosas, con la también involuntaria cooperación de otro tipo de viajantes, como los emigrantes, que eran por entonces sobre todo europeos.

 

 

 

El Capitán y héroe popular de Santander que se vio lastrado por la enfermedad

 

El propio Teodosio Ruiz González al que ya os he aludido, protagonista de Los cuatro naufragios del Capitán, adquirió una grave enfermedad en uno de tantos viajes como hizo ya de Capitán de la Marina Mercante. Tan seria que tuvo que dejar su querido oficio de marino montañés, ya con el grado de Capitán, por lo que no tuvo que ser ninguna broma el asunto. Así lo explicaron sus propios compañeros del periódico El Descuaje, al referirse a su conmocionante muerte en Santander, y curiosamente pasaban por encima del misterioso nombre de la enfermedad que contrajo en esta vida marinera y que tanto lo atacó. Lo que nos lleva de nuevo a ese constante pudor que se manifiesta en los silencios de la prensa, de la sociedad en general, a la hora de abordar estos temas tan espinosos como incómodos. Desagradables. Pero que ante todo llevaban a aspectos de moralidad y privacidad, del honor mal entendido, que nadie por entonces se atrevía a poner en entredicho y menos en público.

 

Así es que, si no fuera por los anuncios de especialistas en venéreas, por ejemplo, no tendríamos noticia de que existían las ETS en la época de nuestros bisabuelos. Porque no se hablaba de esto, ni siquiera con el propósito de prevenir. Igual que tampoco nos hubiéramos enterado del problema de la prostitución y la trata de blancas en Santander, en especial de la explotación sexual masculina, con corrupción de y abuso de menores inclusive, si no hubiera sido por este héroe popular que protagoniza mi relato.

 

Un héroe del pueblo que luchó contra estas lacras a pesar de ser él mismo, marcado por su duro oficio de navegante, una persona con graves problemas de ludopatía, alcoholismo y adicción al sexo, aunque no necesariamente un consumidor de prostitución, dado que el poeta “Pick” aseguraba que era muy codiciado por las mujeres, pero no tenemos ninguna noticia más allá de esto en ese aspecto. Sólo esa leyenda de héroe romancesco, al más puro estilo del Conde de Montecristo, pero con muchas más venalidades que ese personaje irreal. De lo que sí tenemos noticia y abundante es de sus contantes trifulcas, con sus propias manos o con armas blancas o de fuego, pero no como miembro del hampa sino como una especie de justiciero urbano de Santander que tenía frecuente contacto con ese submundo delincuencial. Por esto lo conocía bien y podía describirlo como era y sin miedo a represalias, por su valor, demostrado en muchísimos conflictos con proxenetas, ladrones varios y hasta policías corruptos en Santander.

 

Si tuvo defectos, como todos, los pagó en su propio cuerpo. Con su salud muy combatida por la enfermedad, decían sus compañeros en su obituario. Y omito aquí la causa de su fallecimiento, que fue ya digo escandalosa, para toda la ciudad, sobre todo porque consideraban a Teodosio Ruiz como el gran valedor de las personas más vulnerables y en concreto de los ludópatas y las víctimas de trata en Santander.